bDebemos entender que vivir una vida “cristiana” divorciada de la lectura regular de la Biblia es muy peligroso.

¿A quién le pertenece tu fe?
Recientemente una amiga me contó de todo tipo de blasfemias y herejías que se decían y practicaban en la iglesia donde asistía antes. Luego me dijo: “Yo nunca abrí mi Biblia, entonces yo misma soy responsable por no darme cuenta”. Muchísimas personas en el contexto latinoamericano han sido heridas por “pastores” que realmente no conocen al Señor. Sin embargo, esta hermana reconoció que ni siquiera había hecho el esfuerzo de leer la Palabra. Ella dijo: “Yo no abrí mi Biblia” en lugar de “mi pastor me engañó”.

No digo esto para restarle legitimidad al sufrimiento y dolor que algunos han experimentado, sino para recordar que la fe es personal. Tu fe no le pertenece a tu pastor, ni a la persona que te discipula. Es tuya. Y tú tendrás que rendir cuentas a Dios por tu fe.

Imagina todo el dolor que se podría evitar si las personas leyeran su Biblia. Dios nos la dio para protegernos de lo falso y dirigirnos a la verdad. Esto es un acto de amor. ¡Qué aterrador sería tener que depender de los hombres para conocer la verdad! Sin embargo, muchos vivimos de esta forma. ¿Cuántas personas se sientan en las congregaciones, oyen lo que dice el pastor, y terminan confiando más en sus palabras que en las de la Biblia? Cuando estudiamos la Palabra por nosotros mismos, desarrollamos discernimiento. Así, podremos medir con la Escritura cualquier enseñanza que escuchamos, y seremos capaces de distinguir la verdad del error.

La Palabra de Dios nos cambia
Otra razón por la que debemos leer nuestra Biblia es porque solo a través de ella seremos transformados. El proceso de santificación, creciendo cada vez más en semejanza a Cristo, no puede ocurrir sin la Biblia (cp. Jn. 17:17, Ro. 6;11; 12:2, Ef. 4:22-24, Fil. 3:13). 2 Corintios 3:17-18 dice que el Señor nos hace más y más parecidos a Él a medida que contemplamos su gloria. Si la Biblia nos dice que debemos ir conformándonos a la imagen de Cristo, ¿cómo vamos a hacer eso si no sabemos quién es Cristo?

En la Palabra vemos que Dios es poderoso (Jeremías 10:6, Judas 24-25). En la Palabra vemos que Dios es un Dios de justicia (Isaías 30:18-19, Efesios 6:9). En la Palabra vemos que Dios es amoroso (Salmo 86:15, Efesios 2:4-5). Si Dios no fuera poderoso, Él no me podría salvar de la condenación. Si Dios no fuera justo, no habría necesidad que se pagara la deuda por mi pecado. Si Dios no fuera amoroso, no me hubiera dado algo que yo necesitaba pero no podía alcanzar por mi propia cuenta. ¿No te asombra saber cuán maravilloso es nuestro Señor?

No podemos llegar a amar a Dios sin conocerlo, y no podemos conocerlo sin leer la Palabra. Al amarle, es inevitable desear vivir en gratitud, de manera que podamos obedecerle y proclamar lo que Él ha hecho por nosotros.

Desde Génesis hasta Apocalipsis, la Biblia revela quién es Dios y lo que Él ha hecho para nuestro bien y gozo. Aunque poder profundizar en las palabras inspiradas por el Creador del universo es un gran privilegio, esta es una de las cosas que más descuidamos por causa de nuestro pecado. Sin embargo, Dios sigue siendo fiel y aunque nosotros fracasemos, Él nunca nos abandonará. ¡Abre tu Biblia y Él se revelará!

Atesoremos la Biblia como la ventana por la cual podemos seguir aprendiendo más de Él, y al contemplarlo podemos ser cada vez más transformados a su imagen.

Escrito por: Gabriela de Morales / Fuente: The Gospel Coalition