Los AMISH representan a uno de los grupos de emprendedores que más éxito ha obtenido en Estados Unidos en los últimos años. En la última década han fundado más de 10.000 empresas en sectores como la alimentación, el textil y los muebles.

Totalmente ajenos a la revolución tecnológica, los empresarios amish no han tocado nunca un iPhone ni sabrían qué hacer con un ordenador. Tampoco han pasado por una escuela de negocios, ya que otra de las limitaciones que impone su comunidad es recibir educación más allá de la primaria. Sin embargo, su tasa de éxito empresarial es sorprendente y sólo un 10% de sus actividades cierra antes de cinco años (en EEUU la mitad de las empresas creadas desaparece en ese plazo). ¿Cómo lo consiguen?

El porcentaje de fracaso y cierre de negocios bajo control de los Amish oscila entre el 2,6% y el 4,2%; cuando en los Estados Unidos, el ratio de negocios que superan los cinco primeros años de actividad, está por debajo del 50%. ¿Cuál es el secreto de los Amish?

El secreto está en una serie de valores que la cultura Amish enfatiza y que en nuestra sociedades urbanas, excesivamente tecnificadas y ferozmente individualistas han perdido:

– Su sentido del trabajo y autodisciplina. Para la cultura Amish, el trabajo duro y bien hecho, más que una necesidad o un deber, es un privilegio; una justa contrapartida de agradecimiento a lo mucho que Dios nos da: la vida, la naturaleza, y todo lo que en el mundo nos rodea. Muy pocos americanos pueden, hoy en día, afirmar que guardan entre los recuerdos de su niñez, el de que sus padres les despertaran antes de salir el sol para ir a ordeñar las vacas.

– Su concepto de cooperación y de trabajo en equipo. La aplicación a rajatabla del principio bíblico de “haz con tus semejantes aquello que quisieras que ellos hicieran contigo”, hace la diferencia en este sentido. Participar, junto con los demás vecinos, en la construcción entre todos de una casa o un granero para una familia recién llegada a la comunidad o una pareja que se independiza, aporta resultados mucho más positivos a la hora de “construir comunidad”, de fortalecer el entramado social y fomentar el trabajo en equipo, que el mero comunicarse a través de Facebook para compartir fotografías y experiencias. En las empresas y negocios de los Amish, el sentimiento entre los trabajadores de trabajo en equipo es total; el éxito es de todos y el fracaso también; siempre hay alguien dispuesto a colaborar en instruir a quién lo necesita; o a cubrir desinteresadamente el puesto de otro si hace falta.

– Su profundo conocimiento de su actividad y de su producto. Cuando los emprendedores Amish ponen una empresa o abren un negocio, lo hacen siempre sobre algo que conocen a la perfección; y se mantienen dentro de esa actividad. ¿Se fiarían los consumidores americanos -comenta Wesner- de un Amish que ofreciera servicios de venta y reparación de televisores, electrodomésticos, ordenadores o teléfonos móviles? Decididamente, no; nadie puede vender ni reparar con eficacia productos en los que no cree, no utiliza y por tanto no entiende bien. Cuando un Amish decide entrar en una actividad comercial, es porque sabe lo que hace, se ha preparado concienzudamente para hacerlo y lo conoce a la perfección.

– Su honestidad: garantía de calidad para su producto. Un Amish no miente ni engaña jamás; desde que nace le enseñan que en ello está en juego su condenación eterna, y está plenamente convencido de ello. Esto hace una diferencia y aporta al consumidor americano una garantía, pues sabe bien que comprar un producto Amish es pagar un precio justo por una calidad fuera de toda duda y cuestionamiento. Si quiere algo barato, acudirá a un almacén de productos de importación; pero si desea adquirir un mueble de madera de verdad, para toda la vida; un cinturón de cuero auténtico, que pueda legar a sus hijos; un tejido que no encoja ni destiña; o un queso hecho con verdadera leche de vaca; la etiqueta de procedencia Amish, es garantía de calidad garantizada a un precio adecuado. No cabe imaginar que un Amish pueda falsear la calidad o especule con el precio. No lo hará.

– Su marketing: siempre honesto, adecuado y consecuente con el producto. Todo aquello que fabrican y venden concuerda siempre con su ideología, con su cultura. Y en consecuencia, su marketing responde a este principio. Un marketing que responde siempre al producto: “rústico”, “casero”, “antiguo”, “tradicional”, “hecho a mano”, “calidad garantizada”. Un Amish jamás recurre a “estratagemas” publicitarias ni a “trucos” de marketing, tan habituales en nuestra cultura; y que con frecuencia, en los mejores casos, rozan la frontera del engaño, cuando no la traspasan de largo.

– Su humildad y modestia. Cuando uno pregunta a un emprendedor Amish acerca de las claves de su éxito empresarial, no cabe esperar grandes peroratas ni elaboradas reflexiones acerca de qué cosas ha hecho bien Son un colectivo en el que predomina la humildad y la modestia; lo más probable es que cuelgue toda medalla de sus éxitos en el pecho de cualquier otro, siempre alejado de sus propios meritos personales. No se siente orgulloso de sus logros, sino satisfecho de haber cumplido con su deber. El empresario Amish, por mucho que prospere, jamás deja de trabajar en la empresa como uno más y cumplir con su horario; jamás mira a nadie con desprecio o por encima del hombro. Entiende que su conducta, su productividad, efectividad y esfuerzo personal, han de ser un referente y ejemplo en todo momento y en todos los sentidos para sus empleados.

– Su simplicidad en el plan de negocio. Tenemos un claro ejemplo de ello en Myron Miller, un importante empresario Amish de 46 años de edad en Millersburg, Ohio, cerca de Akron; un prototipo del éxito empresarial alcanzado por los emprendedores Amish; aunque él no lo reconozca ni admita de ese modo. Cuando alguien le pregunta sobre su plan de negocio, se limita a contestar: “Llevo mi negocio de acuerdo con el plan de Dios”. Y no hay duda, a tenor de los hechos, que el Todopoderoso ha sido, en su caso, un buen mentor y un excelente profesor en dirección de empresas. Miller abrió su negocio de fabricación y venta de muebles, “Four Corners Fortinure” (Muebles ‘Las Cuatro Esquinas’), hace 15 años, dedicado a la fabricación y venta directa al público. Ya tiene a pleno rendimiento otra empresa mayor: “Miller Bedroom Wholesale” (Dormitorios Miller al por mayor), dedicada, en este caso, a la venta mayorista en todo el país. Nada mal, si consideramos su nivel educativo, octavo de primaria, nivel donde, por regla general, los Amish suelen dar por concluída su formación escolar.

– Su apego a los valores propios de su cultura. Un emprendedor Amish se enfrenta, por razón de su cultura religiosa, a muchísimas más limitaciones y restricciones que cualquier otro empresario corriente. Si bien es cierto -como señala Wesner- que últimamente los Amish han hecho en sus negocios muchas concesiones en lo que refiere a sus costumbres tradicionales, como la fabricación y venta de artículos que no forman parte de su cultura y que ellos mismos no consumen -valga como ejemplo el diseño y fabricación de ropa de cuero, juguetes caros, y otros artículos similares de precio elevado- sigue siendo un axioma que por nada del mundo se meterán en un negocio “que pueda ser considerado como moralmente cuestionable”. No os esforcéis en buscar un casino, una “sex shop”, una tienda de licores, o incluso una agencia de cobro a morosos, propiedad de los Amish. Perderéis el tiempo.”

– Su limitación en el uso de las nuevas tecnologías. “Pobres, ellos aún viven en el pasado” Los Amish se han adaptado a las nuevas tecnologías cuando trata de ganar mayor rentabilidad en sus negocios. Por ejemplo, instalaciones eléctricas en sus tiendas para complacer a los turistas que quieren comprar con aire acondicionado y pagar con tarjeta de crédito. Pero la electricidad que consumen, tanto en sus comercios como en sus fábricas, la generan casi siempre ellos mismos a través de energías alternativas, bien sean solares o eólicas. Se han abierto al uso de ordenadores, teléfonos móviles, Internet, y utilizan el fax e incluso el e-mail. Pero limitan el uso de todos esos artilugios a las necesidades propias, exclusivas e imprescindibles del negocio. No porque consideren que su utilización plantee por si misma algún tipo de problema ético o moral, sino por la posible dependencia y adicción que puedan crear en la persona que las utiliza, hasta el punto de llegar a alterar por completo su estilo de vida. El propio Miller reconoce tener que batallar constantemente con esto, en una forma que sonaría muy familiar a cualquiera de los demás millones de usuarios de las Blackberry o Iphone, que luchan también para limitar su estrés y lograr un estilo de vida más sosegado y equilibrado. “Cuanto más esclavo eres de la tecnología, -dice Miller- más solitario te vuelves y más te vas alejando de la familia. Por ejemplo, años atrás, cuando un granjero estaba en el establo ordeñando las vacas, toda la familia permanecía a su alrededor, cantando canciones, recitado la tabla de multiplicar, contando historias, y sobre todo, ayudando. Era un equilibrio perfecto entre ocio, educación y trabajo.

Podemos resumir en tres las razones por las que los AMISH triunfan en los negocios y sus empresas no se cierran:

– La primera razón está en lo que venden. En un mundo entregado a la fabricación en cadena, los amish van en dirección contraria y producen de manera artesanal, imprimiendo en sus productos un aura de autenticidad y originalidad.

Es cierto que, a la hora de hacer negocios, los amish son más flexibles que en sus vidas privadas. Por ejemplo, se puede pagar con tarjeta en sus tiendas, ya que los negocios sí disponen de electricidad. Son sus empleados, sin embargo, quienes se encargan de pasar las tarjetas para que ellos no se tengan que ‘manchar’ con la ‘suciedad’ de la vida moderna.

– El segundo vector del éxito amish tiene que ver con la manera en la que llevan sus negocios y relaciones laborales. Un negocio de enorme implicación familiar y con poquísima mano de obra externa. Además, sus empleados acaban también formando parte de una suerte de ‘familia’. “Los tratan con una mirada más humana. Esto tiene impacto dentro de la empresa, tanto en la productividad como en la fidelidad de los que trabajan para ellos”, pueden invitar a sus empleados por ejemplo a desayunar y ellos pagan la cuenta y adicional le pagan a el empleado por el tiempo gastado.

-El tercer secreto de su éxito está en el carácter conservador de sus decisiones financieras. Los amish no hacen inversiones en publicidad porque entienden que su cultura es ya un enorme reclamo por sí mismo. También son muy prevenidos en relación a los riesgos y nunca dan un paso adelante antes de calcular todos los escenarios, ni tampoco arriesgan su patrimonio en nuevas aventuras. ¿El motivo? Si una familia acaba en bancarrota tendría que explicarlo a toda la comunidad y asumir una enorme vergüenza pública.

-Existe un último sostén de su prosperidad económica: el haber convertido sus particularidades religiosas y culturales en una gran atracción turística. En los alrededores de Filadelfia, los amish (que también son buenos albañiles) construyeron escenarios que recrean su estilo de vida y hacen tours guiados donde cuentan todo sobre su cultura, su quehacer cotidiano y las curiosidades de su religión. Al final de cada paseo, los turistas son conducidos a una tienda donde pueden adquirir sus productos y libros que glosan su historia

La fórmula parece funcionar y todo indica que la nueva generación de emprendedores amish cosechará nuevos éxitos y dará de comer a un número creciente de personas. Se estima que doblarán su tamaño en diez años. No sólo tienen una tasa de natalidad elevadísima, sino también un reducido índice de abandono. A los 16 años, todos tienen la obligación de ‘degustar el mundo’ fuera del ‘universo amish’. Durante doce meses salen a vivir a las grandes ciudades, una fase conocida como rumspringa. Al acabar, pueden decidir si quieren seguir en su comunidad o si prefieren irse. El 93% de los jóvenes opta por lo primero. “Ser amish es más que seguir una religión, es un estilo de vida. El sentido de comunidad es muy fuerte y para ellos es muy difícil concebir la vida fuera de esta reserva”.

En la actualidad, un granjero Amish ordeña simultáneamente cuarenta vacas a la vez usando medios mecánicos y electrónicos, mientras los niños están en el colegio. Sin duda, es lo más práctico, hemos de ser competitivos y para ello es necesario ponerse al día. Pero a la vez, no podemos olvidar que esto rompe el equilibrio y roba parte del valor y riqueza de la vida familiar. Y entonces -concluye Miller- no puedes por menos que preguntarte. ¿Hasta donde estas dispuesto a permitir que la tecnología se enseñoree de tu negocio?”

Una pregunta que da mucho que pensar. ¿Hasta donde las tecnologías modernas han dejado de ser un medio destinado a facilitarnos la vida para convertirse en un amo que nos domina y nos exige? Miller, responde a su propia pregunta con estas palabras: “Tienes que mantenerte muy firme en tus convicciones, trazar líneas claras de actuación y ceñirte a ellas, vigilando constantemente que la tecnología esté siempre a nuestro servicio y no nosotros al servicio de la tecnología, dejando que acabe finalmente por alterar nuestra escala de valores, y con ello, nuestro sistema de vida”.

Fuentes: Erik Wesner's, “Success Made Simple: An Inside Look at Why Amish Businesses Thrive”