En 2013 Judy Van de Water reveló en un estudio que había identificado ocho anticuerpos en la madre gestante que parecían aumentar el riesgo de autismo en sus hijos. Un laboratorio quiso desarrollar el análisis de sangre para determinarlo, pero entonces la neuroinmunóloga no lo consiguió.

Ahora anunció que tiene una prueba que detecta con un 99% de exactitud una serie de marcadores que aumentan el peligro de esta enfermedad que tiene varias causas: además de las biológicas, también genéticas y ambientales.

Van de Water, investigadora de la Universidad de California en Davis, espera que en pocos años el examen esté disponible para el público.

Sin embargo, la controversia que causó su descubrimiento original —lo que llamó autismo vinculado a los anticuerpos maternos, o MAR— no se ha calmado. Dado que no existe una cura, ni siquiera un tratamiento completamente eficaz para el autismo, ¿qué puede hacer una familia si recibe ese pronóstico?

“Muchos expertos advierten que predecir el riesgo de autismo no es un esfuerzo tan pulcro como estas investigaciones podrían hacerle creer a la gente”, escribió Jessica Firger en Newsweek, en un artículo que acaba de anticipar la posibilidad de este examen.

“El concepto de análisis para diagnóstico temprano atrae a algunos padres, pero los críticos argumentan que tan análisis no sería ético, y que el diagnóstico temprano sólo aumentaría el miedo y el estigma que ya se asocian a la enfermedad”, agregó.

Los defensores del prototipo de Van de Water recordaron la importancia del diagnóstico temprano para que los cuidados comiencen antes de los 3 o 4 años —la edad habitual en que los niños autistas manifiestan signos—: en el mismo primer año de vida.

Además de estudiar a las madres antes o durante el embarazo, el examen se podría hacer a los niños que no alcanzan los logros del desarrollo normal, “en especial dado que cada vez más investigaciones siguen mostrando que la intervención temprana marca toda la diferencia”, según Newsweek.

Firger citó un estudio de 2014: los niños que recibieron cuidados en un programa de 12 semanas durante su primer año de vida tuvieron menos retraso en el lenguaje y el desarrollo. “La intervención temprana fue muy efectiva: seis niños de siete alcanzaron a sus pares no-autistas en los logros del desarrollo hacia los 3 o los 4 años”, ilustró.

En su etapa experimental, el estudio de Van de Water hizo que una pareja, que ya tenía un hijo autista, tuviera su segundo hijo mediante la subrogación. El análisis también se podría realizar en los casos de fertilización in vitro, del mismo modo que ya se estudia a los embriones para descartar enfermedades genéticas raras como la de Tay-Sachs, la fibrosis quística, los problemas hematológicos como la anemia falciforme, o el síndrome de Martin-Bell.

La experta en inmunología observó que los niños cuyas madres tenían los dos parámetros principales de biomarcadores asociados al autismo sufrían la enfermedad en su forma más severa: “Suelen no hablar. Tienen una conducta más estereotípica”, dijo a Newsweek.

No obstante, la mayoría de los niños y los adultos con autismo, si bien presentan los síntomas clásicos —la tendencia a la repetición, la dificultad para comunicarse, la falta de interacción social, las obsesiones—, son personas de buena funcionalidad. Eso se podría mejorar si el diagnóstico precoz permitiera un tratamiento temprano, cree Van de Water.