La presencia de un agujero negro primordial puede explicar las órbitas anómalas observadas en Objetos Transneptunianos, que se han atribuido a un supuesto noveno planeta orbitando nuestro sol.

Es la explicación que presentan en arXiv los astrónomos Jakub Sholtz, del Instituto de Física de Partículas de la Universidad de Durham, y James Unwin, profesor asistente en la Universidad de Chicado Illinois.

Su investigación se basa en el análisis de las órbitas anómalas de los objetos transneptunianos (TNO) y un exceso de eventos de microlente aplicable en el conjunto de datos del OGLE (Optical Gravitational Lensing Experiment) durante 5 años.

Mientras otros estudios han atribuido estas anomalías a la presencia de un objeto desconocido con varias veces la masa de la Tierra, estos investigadores plantean como alternativa la presencia de agujeros negros primordiales (PBH). De acuerdo con sus conclusiones, las órbitas de los TNO se alterarían si uno de estos PBH fuera capturado por el Sistema Solar.

La captura de un planeta flotante libre es una explicación dominante para el origen del Planeta 9, pero Sholtz y Unwin muestran que la probabilidad de capturar un PBH es comparable.

“Las restricciones de observación en un PBH en el Sistema Solar exterior difieren significativamente del caso de un nuevo noveno planeta. Este escenario podría confirmarse mediante señales de aniquilación del microhalo de materia oscura alrededor del PBH”, proponen.

Durante mucho tiempo los agujeros negros habían sido teorizados, modelizados e incluso detectados mediante pruebas indirectas, pero nunca observados. Esa espera terminó el miércoles 10 de abril de 2019, con el anuncio del Telescopio del Horizonte de Sucesos (EHT), que logró captar la primera imagen de uno de estos “monstruos” del espacio.

Un agujero negro es un objeto celeste que posee una masa extremadamente importante en un volumen muy pequeño. Como si la Tierra estuviera comprimida en un dedal o el sol únicamente midiera 6 km de diámetro, explicó recientemente a la AFP Guy Perrin, astrónomo del Observatorio de París-PSL.

El físico John Archibald Wheeler inventó el término “agujero negro” en los años 1960, aunque no son agujeros ni negros, pero su nombre ha influido en el imaginario colectivo.

Según la ley de la relatividad general publicada en 1915 por Albert Einstein, que permite explicar su funcionamiento, la atracción gravitacional de estos “monstruos” cósmicos es tal que no se les escapa nada: ni la materia, ni la luz, sea cual sea su longitud de onda. Y si la luz, que es lo que más rápido viaja en nuestro Universo no puede salir, entonces nada podrá hacerlo.

Los astrónomos buscan observar este “monstruo” por contraste, es decir, gracias al fondo brillante que forma la materia que lo envuelve.

Por lo tanto, no se pueden observar directamente. Además, la fuerza de gravedad que emana del agujero negro es tan fenomenal que no se ha logrado recrear en laboratorio.

Bajo el efecto de la enorme atracción gravitacional, las estrellas más cercanas a estos “monstruos” son achatadas, estiradas y dislocadas y su gas se calienta a temperaturas extremas.