La primera vez que tuvo un ataque de pánico, en medio de la Feria del Libro de Buenos Aires, la periodista y escritora Ana Prieto sintió que le faltaba el aire y que su corazón estaba “enloquecido como un náufrago”. Llamó temblando a una amiga y le pidió que la buscara, que se sentía mal. Y cuando le respondieron que esperara diez minutos, tuvo la convicción íntima de que no podía esperar tanto. Que era demasiado tiempo. Que en ese lapso iba a morir.

“El ataque de pánico es un cataclismo que se ensaña con el cuerpo y con cualquier vislumbre de sosiego que pudiera haber en el alma”, describió años más tarde en su libro Pánico. Diez minutos con la muerte (Marea Editorial), un testimonio sensible de las angustias, incomprensiones y temores que atraviesan los pacientes, a menudo atrapados “en un estado permanente de miedo al miedo”.

Una encuesta de 2016, en 26 países de altos, medios y bajos ingresos reveló que el 13,2% de la población tuvo al menos un ataque de pánico en la vida. “Carecemos de estadísticas para poder confirmar las presunciones, pero la impresión generalizada es que hay más casos en las consultas clínicas, cardiológicas y en el campo amplio de la salud mental”, comentó a LA NACION el psiquiatra y psicoanalista Humberto Persano, profesor del Departamento de Psiquiatría y Salud Mental de la Facultad de Medicina de la UBA.

Los ataques de pánico se suelen definir como un tipo particular de respuesta al miedo. Y Prieto también los compara con la magia, porque ambos conspiran contra la realidad. Emma Stone, la actriz ganadora del Oscar por La La Land, tuvo su primer episodio a los siete años, en el dormitorio de una amiga: estaba convencida (falsamente) de que la casa estaba envuelta en llamas y de que iba a morir quemada.

Salvador Guinjoan, jefe de Psiquiatría del Instituto Fleni, describió los rasgos distintivos de los ataques: el paciente tiene un comienzo relativamente súbito e inesperado de síntomas somáticos de ansiedad o miedo, sin un claro precipitante externo, como sensación de ahogo, palpitaciones, transpiración de manos, sensación de colapso o muerte inminente, o miedo a estar “volviéndose loco”. Un reciente estudio canadiense mostró que ocho de cada diez pacientes con esos síntomas concurren presurosos a la guardia o llaman a una ambulancia.

Según Guinjoan, algunos de los factores que podrían explicar la mayor incidencia de ataques de pánico en las sociedades contemporáneas son la ansiedad derivada de mandatos o valores implícitos de éxito material de difícil o imposible cumplimiento, así como la soledad y la ubicuidad de las redes sociales, “que paradójicamente sustituyen a las oportunidades de contacto interpersonal real más saludable”. También hay hipótesis respecto del rol que juega la exposición a contaminantes desde la vida intrauterina, pero la comprobación es difícil.

No es extraño que coyunturas puntuales en personas predispuestas puedan desencadenar los ataques. “La mayoría de las veces no parece haber un disparador inmediato -señaló Guinjoan-. Sin embargo, es una observación clínica frecuente que los ataques de pánico muchas veces sobrevienen en períodos de la vida particularmente estresantes, existiendo ?disparadores’ implícitos o inconscientes que no siempre son evidentes prima facie”.

Alejandro “Chori” Domínguez, exfutbolista de River, identificó el origen de sus ataques de pánico con un fuerte golpe de cabezas, cuando jugaba en Rusia. Pero atribuye el cuadro a la alta exigencia, la presión y la obligación de adaptarse a contextos hostiles. Admitió que muchas veces pensó que se moría.

La sensación inicial de los pacientes que “sobreviven” por primera vez a una crisis que en realidad nunca puso en riesgo sus vidas es de alivio. Pero “ese intervalo caótico lo deja a uno perplejo, agotado y horrorizado ante la posibilidad de un nuevo ataque”, escribió Prieto.

Tras un primer ataque, los especialistas coinciden en la importancia de una psicoterapia para reducir el riesgo de recurrencias y consolidación de un “trastorno de pánico”, que muchas veces condiciona los movimientos o la autonomía de los pacientes (agorafobia). En la encuesta global de 2016, dos terceras partes de las personas que tuvieron alguna vez un ataque de pánico lo repitieron en otras ocasiones.

Guinjoan advirtió que los episodios “pueden ser parte de la evolución de muchos diagnósticos psiquiátricos -trastornos de ansiedad si no de depresión, esquizofrenia o hasta abuso de sustancias-“, por lo que se requiere un diagnóstico preciso y el eventual tratamiento de la enfermedad de base.

Para los ataques de pánico en sí, el enfoque con mayor evidencia es la terapia cognitiva conductual: una estrategia focalizada y orientada al conflicto que incluye claves para detectar y desafiar las interpretaciones catastróficas, el entrenamiento en respiración, técnicas de relajación, tareas para el hogar y exposición graduada a situaciones que producen ansiedad, según explicó la psicóloga Natalia Guerra.

Las respuestas favorables rondan del 75 al 90%. También se puede combinar con medicación: “Muchos antidepresivos facilitan la recuperación”, dijo Guinjoan, que desaconseja los ansiolíticos. Persano opina que una terapia psicoanalítica posterior “es útil para abordar las dificultades que se originan en conflictos inconscientes”.

Hoy Prieto se define como “preparada”: “Cuando reaparecen los síntomas soy capaz de controlarlos y evitar que el pánico se desencadene como solía hacerlo cuando no contaba con herramientas para, digamos, conjurarlo”.

Fuente: La Nación