BERKELEY, California — Para escribir su nueva novela, Robin Sloan cuenta con una nueva colaboradora: su computadora.

La idea de que un novelista es alguien que se enfrenta a su trabajo solo en una habitación, equipado únicamente con su determinación e inspiración, pronto podría ser obsoleta. Sloan está escribiendo su libro con la ayuda de un software que él mismo creó, el cual termina sus oraciones con tan solo presionar la tecla Tab.

Quizá es demasiado pronto para añadir “novelista” a la larga lista de empleos que la inteligencia artificial eliminará. Sin embargo, al ver a Sloan trabajar, se vuelve evidente que la programación está a punto de redefinir la creatividad.

Sloan, que fue reconocido por su debut, Mr. Penumbra’s 24-Hour Bookstore, redacta sus textos escribiendo fragmentos que se envía como mensajes y después reelabora para crear pasajes más largos. Su nueva novela, aún sin título, está ambientada en la California del futuro próximo, donde la naturaleza reclama su lugar en el mundo. El otro día, el autor escribió esta nota: “Los bisontes están de regreso. Rebaños que se extienden 80 kilómetros”.

En su oficina, un lugar atiborrado que parece un cuarto de juegos, ubicada dentro de un parque industrial, ahora está expandiendo esa idea breve. Escribe: “Los bisontes se reúnen en torno al desfiladero…”. ¿Qué sigue a continuación? Presiona la tecla tabuladora. La computadora hace un ruido, como un “poc”, analiza el último par de oraciones y añade la frase “bajo el cielo despejado”.

A Sloan le gusta. “Es fantástico, ¿no?”, comentó. “¿Acaso yo habría escrito ‘cielo despejado’? Tal vez, tal vez no”.

Después continúa: “Los bisontes han estado yendo y viniendo durante dos años…”. Tecla tabuladora, poc. La computadora sugiere entre la zona principal de la ciudad.

“Eso no es lo que estaba pensando en absoluto, pero resulta interesante”, dijo el escritor. “Ese encantador lenguaje simplemente aparece y yo digo: ‘Sí’”.

Su software no se clasifica con etiquetas grandilocuentes como “inteligencia artificial”. Se trata de aprendizaje automático que facilita y extiende sus propias palabras, su imaginación. Hasta cierto nivel, simplemente le ayuda a hacer lo que siempre han hecho los escritores en ciernes, adentrarse en las obras de quienes quieren emular. Hunter Thompson, por ejemplo, anhelaba escribir con el estilo de F. Scott Fitzgerald, así que transcribió varias veces El gran Gatsby como atajo para alcanzar ese objetivo.

Después de todo, los escritores son lectores. “A lo largo de los años he leído incontables libros y palabras que quedaron guardados en mi cerebro y se mezclaron de maneras desconocidas e impredecibles, y entonces se producen ciertas cosas”, comentó Sloan. “El resultado no puede ser sino un derivado de esa materia prima”.

Sin embargo, puedes orientar tu materia prima hacia ciertas direcciones. Hace un cuarto de siglo, un consultor de vigilancia electrónica llamado Scott French utilizó una Mac supercargada para imitar los cuentos empapados de sexo de Jacqueline Susann. Su enfoque fue distinto del que usó Sloan. French escribió miles de reglas informatizadas sobre cómo ciertos tipos de personajes derivados de las obras de Susann podrían interactuar de manera convincente.

A French y a su Mac les tomó ocho años terminar el cuento. Más tarde reconoció que, de haberlo hecho él solo, habría terminado en un año. Just This Once se publicó comercialmente, un logro significativo en sí, aunque no llegó a la lista de los más vendidos, como Valley of the Dolls, de Susann.

Sloan, un hombre ingenioso y a quien le gusta experimentar, comenzó a recorrer el camino de la creación auxiliada por computadoras con algo más que solo “curiosidad básica y ñoña”. Muchos otros han estado experimentando con la ficción que comienza a aprovechar la inteligencia artificial.

Botnik Studios usó un programa de texto predictivo para generar cuatro páginas alocadas de ficción de admiradores de Harry Potter, con oraciones como esta: “Vio a Harry y de inmediato comenzó a devorar a la familia de Hermione”. En un nivel más serio, el Alibaba Group, la empresa china de comercio electrónico, señaló en enero que su software por primera vez superó el desempeño de los humanos en una prueba de comprensión de lectura. Si las máquinas pueden leer, entonces pueden escribir.

Sloan quería verlo él mismo. En la página Internet Archive, adquirió una base de datos formada por textos: tomos de Galaxy e If, dos populares revistas de ciencia ficción en las décadas de los cincuenta y los sesenta. Después de pruebas y errores, el programa produjo una oración que lo impresionó: “Con su caminar lento, el remolcador recorrió el puerto color esmeralda”.

“Fue algo que me hizo decir: ‘Cuéntame más’”, dijo Sloan.

Sin embargo, esas primeras revistas eran demasiado limitantes, llenas de lugares comunes y estereotipos. Así que Sloan aumentó el catálogo con lo que llama “El corpus de California”, que incluye el texto digital de novelas escritas por John Steinbeck, Dashiell Hammett, Joan Didion, Philip K. Dick y otros; poemas de Johnny Cash; historias orales de Silicon Valley; viejos artículos de Wired; el boletín del Departamento de Servicio de Pesca y Fauna Silvestre de California, y más. “Está creciendo y cambiando todo el tiempo”, comentó.

A diferencia de French hace un cuarto de siglo, Sloan quizá no usará a su colaboradora digital como punto de venta del libro terminado. Está restringiendo la redacción computarizada que aparece en la novela a una computadora de inteligencia artificial, un personaje importante. Eso significa que la mayor parte de la historia nacerá de su propia inspiración. No obstante, aunque no desea comercializar el software, le intrigan las posibilidades. Gigantes de las ventas como John Grisham y Stephen King podrían vender de manera relativamente fácil programas basados en sus muchas obras publicadas para ayudar a los fanáticos a producir imitaciones autorizadas.

En cuanto a las posibilidades más distantes, otro escritor de ciencia ficción del área de la bahía de San Francisco hace mucho anticipó una época en la que los novelistas dejarían que “las máquinas de palabras” computarizadas se encargaran de la composición. En The Silver Eggheads de Fritz Leiber, publicado en 1961, los “novelistas” humanos se la pasan perfeccionando las máquinas y puliendo sus reputaciones. Cuando intentan rebelarse y destruyen las máquinas de palabras, descubren que han olvidado cómo escribir.

Sloan ha terminado su párrafo:

“Los bisontes se extendían a lo largo de 80 kilómetros, sin la fresca luz del sol, reunidos en torno al cañón bajo el cielo despejado. Habían estado viajando durante dos años, yendo y viniendo, entre la zona principal de la ciudad. Rodean los suburbios más alejados, gruñendo y murmurando, y brevemente son una molestia, antes de regresar al inicio otra vez, un bucle que habían destruido y ahora estaba reconstituido”.

“Me gusta pero aún es primitivo”, dijo el escritor. “La tecnología que llegará después hará que esto parezca uno de esos kits de hace un siglo para hacer tu propia radio a galena”.