“Continuaba con fiebres. No podía dormir. Me sentía totalmente descentrada. Tras varios días experimentando estos síntomas, fue al médico. Salí de la consulta sintiéndome confundida y enfadada. Pensé que era demasiado joven para la menopausia, y sentí perplejidad al pensar que millones de mujeres trabajan cada día sintiéndose de esta manera”. Así comienza su relato sobre su experiencia con la menopausia en el trabajo la consultora y experta en liderazgo Ann Loehr, que señala que varias colegas le recomendaron no hacerlo público ya que, a su modo de ver, sería perjudicial para ella exponerse públicamente.

Sin embargo, Loehr no se calló. “Tengo sofocos diarios, lo que supone que en lugar de usar mi inteligencia emocional para escuchar a la persona que tengo enfrente solo pienso en encontrar el aparato de aire acondicionado más cercano. Si estos se consideran síntomas ligeros, ¿cómo hacen los millones de mujeres que tienen que lidiar con situaciones mucho peores? ¿Y qué pasa con los líderes que tienen que dirigir a personas con estos síntomas?”.

Mientras que otros momentos en la vida de la mujer, como el embarazo o la maternidad, cada vez se comprenden y se cuidan mejor en las empresas y la sociedad en general, de la menopausia se habla muy poco; continúa siendo un tabú, o casi. Pero esta sensación de invisibilidad de la que se quejan tantas mujeres menopáusicas no evita que suponga un impacto serio en su salud y su capacidad para trabajar: una de cada 10 mujeres de 50 o más años sufren “síntomas severos” de la menopausia que repercuten en su trabajo como sofocos, fatiga, insomnio, falta de energía o dolores de cabeza.

En las mujeres hispanas la cosa puede ser peor, ya que se estima que en esta población la menopausia llega antes de la media de edad en Estados Unidos (51 años) y, además, sufre los síntomas durante más tiempo (casi nueve años frente a los 6,5 años para las mujeres blancas).

Para romper ese tabú que impide tratar con normalidad de momento de la vida de toda mujer —que, en muchas ocasiones, suele coincidir con el momento más álgido de sus carreras— la Oficina para la Igualdad de Reino Unido lanzó el año pasado el estudio más amplio sobre este tema, además de una campaña para que las empresas implanten medidas para hacer la vida más fácil a este colectivo. Sus conclusiones: muchas mujeres tienen dificultades en entornos tradicionales y sienten que sus colegas no son comprensivos con su situación.

Algo preocupante si se echa un vistazo a los números:

  • La mayoría de las mujeres alcanzan la menopausia entre los 45 y los 55 años, y los síntomas pueden durar entre dos y diez años.
  • Se estima que 31 millones de mujeres en edad menopáusica forman parte del mercado laboral en 2018.
    El 80% de esas mujeres experimentarán algunos síntomas menopáusicos.
  • El departamento de Estadísticas del Trabajo de EEUU calcula que, para el 2024, habrá el doble de trabajadoras mayores (de 55 o más años) que jóvenes (hasta 24).

A pesar de ello, la menopausia continúa siendo un tema tabú en muchos lugares de trabajo. A muchas mujeres les cuesta admitir que están en este proceso, y muchos hombres no quieren hablar de “cosas de mujeres”. “Se discute tan poco que la mayoría de la gente no es consciente del impacto en el trabajo hasta que conocen a alguien que está en la menopausia, o lo experimentan ellas mismas”, escribe Loehr. “Podemos hablar de cáncer de pecho, embarazo, obesidad y muchas otras cosas, y sin embargo este tema está silenciado”.

“Creo que las mujeres sienten vergüenza y no quieren hablar de ello. Esto nos ha llevado a crear una cultura donde no se discute el tema. Necesitamos más educación para las mujeres, para que sepan qué esperar y qué pueden hacer para amortiguar los síntomas. Necesitamos hablar más sobre ello”, señala Mary Ann Lumsden, profesora de ginecología y ex presidenta de la Sociedad para la menopausia británica

Como resume la periodista Rose George, “de algo no hay duda: la población de mujeres que sufre los síntomas de la menopausia es inmensa y no está bien atendida”. Se trata de dar un paso adelante para dar visibilidad a una situación que afectará en algún momento de sus vidas a la mitad de la población.

Son pocas las mujeres que se sienten cómodas a la hora de hablar de los síntomas con sus jefes (solamente una de cada cuatro, según este estudio). La mayoría cree que se trata de algo privado, y muchas no se sienten con confianza frente a un jefe varón (la mayoría). Por eso, Loerh cree que el primer paso es educar a los directivos, que probablemente sepan mucho sobre gestión de conflictos o finanzas pero muy poco sobre el malestar que atraviesa su empleada. Por ejemplo, los directivos podrían aprender a identificar ciertos comportamientos, dar más flexibilidad horaria o dejar que la empleada tome el control del termostato.
Esto es justamente lo que propone la Oficina para la Igualdad de Reino Unido, con medidas como estas:

  • Acceso a ventiladores y buena ventilación de las salas con ventanas que se abran para lidiar con los sofocos, así como acceso a luz natural.
  • Acceso al control de la temperatura (aire acondicionado o calefacción).
  • Mantener lavabos bien equipados y limpios, así como duchas de uso exclusivo para mujeres.
  • Acceso a agua fría.
  • Uniformes más ligeros de fibras no sintéticas.
  • Acceso a áreas de descanso tranquilas dentro del lugar de trabajo
  • Reducción de la exposición al ruido para reducir la fatiga.