¿Se niega usted a hacer el servicio militar? El estado le quita el privilegio de una buena educación superior y su nombre va a una lista negra para que las mejores empresas no lo contraten.

¿Frena usted en cada cruce peatonal y nunca arroja basura desde su automóvil? Mejora la exhibición de su perfil en Baihe, la aplicación de citas.

¿Pasea usted a su perro sin correa? O algo menos controlable: ¿arma su perro escándalo en una plaza? Se arriesga usted a que que el estado se lleve su mascota.

¿Denunció a su hermana porque gastó dinero en una frivolidad? Le toca carga gratis de su teléfono en una cafetería. Pero cuando baje la consideración de su hermana, la suya bajará también: son parte de una misma red.

El Sistema de Crédito Social (SCS) que China comenzó a probar en una docena de ciudades (un 6% de su población), y que espera que alcance a sus 1.386 billones de ciudadanos en 2020, establece un puntaje para cada persona. Según sea alto o bajo, y según oscile, ese número determina aspectos íntimos de la vida privada —como el acceso a descuentos para los servicios públicos o la negativa a inscribir a un hijo en una escuela de calidad—, con la forma de un mecanismo de premios y castigos.

Algunas ciudades y algunas plataformas tecnológicas se unen en este esfuerzo por controlar la conducta de los ciudadanos mediante sus datos personales, explicó Business Insider. Como el puntaje de crédito financiero que tres entidades privadas realizan en los Estados Unidos, el SCS puede subir y bajar según las acciones que realiza una persona.

“La metodología exacta es un secreto, pero los ejemplos de infracciones incluyen manejar mal, fuman en zonas marcadas como no-fumadoras, comprar demasiados video juegos y publicar noticias falsas en internet”, describió la publicación. Se sabe, al menos, que todos los datos se unifican en una plataforma nacional sobre información de los individuos.

No pagar las cuentas a tiempo, pasarse el día en las redes sociales, llamar a la escuela para decir que hay una bomba, viajar sin boleto en el tren, graffitar paredes, usar el celular mientras se maneja o escuchar música a alto volumen son otras de las fechorías que hacen bajar el puntaje. Del mismo modo, tener un familiar o un amigo con bajo puntaje, o que comete alguna acción negativa, también afecta el número con que se valora a alguien.

Donar sangre, respetar a los ancianos, proteger la propiedad pública y hacer trabajo social pueden acelerar la reserva de un viaje a Europa, lograr una mejor tasa de interés en el banco o rentar una habitación de hotel sin tener que dejar un depósito.

“Los críticos dicen que es una práctica de mano dura, invasiva y siniestra de un estado de partido único para controlar a la población”, resumó Bloomberg. El adjetivo “orwelliano” aparece en casi todas las notas sobre el SCS.

En LikeWar, The Weaponization of Social Media Peter Singer y Emerson Brooking , citaron documentos sobre el sistema, de 2015, en los que se explicaba que su fin era “crear ‘una atmósfera social positiva, benéfica, sincera y mutuamente cooperativa’, una atmósfera social caracterizada por la inquebrantable lealtad al estado”. Y a las unidades mínimas de esa atmósfera, las personas, se les otorgaría desde entonces una valoración numérica que reflejara su “honradez” en “todas las facetas de la vida, desde acuerdos comerciales a la conducta social”.

Compilar “vastas cantidades de información personal” para calcular el puntaje no es difícil en China, dada la confianza “casi universal” de los ciudadanos en “servicios móviles como WeChat, en los cuales la actividad en las redes, el chateo, las evaluaciones de los consumidores, las transferencias de dinero y tareas cotidianas como solicitar un taxi o una entrega a domicilio de comida se realizan mediante una sola aplicación”, describieron los autores.

“En el proceso, los usuarios revelan una asombrosa cantidad de cosas sobre ellos: sus conversaciones, sus amigos, sus listas de lecturas, sus viajes, sus hábitos de gastos, etcétera. Estos fragmentos de datos pueden formar la base de juicios morales veloces”.

Por ejemplo, comprar muchos video juegos —les explicó una fuente— “puede sugerir ociosidad, y bajar el puntaje de una persona”. Comprar muchos pañales indicaría que alguien acaba de ser madre o padre, y eso es “una fuerte indicación de valor social”.

En 1996 sólo 40.000 personas accedían a internet en China; en 2008, ya superaban la cantidad de conectados en los Estados Unidos: 253 millones. Hoy son 800 millones: más de la cuarta parte de los netizens del mundo.

Y dado que China ha sido una entidad política cohesionada durante 4.000 años, difícilmente el acceso a la red pudiera funcionar como un venero de diversidad de discursos. “Mediante el equilibrio adecuado entre control de la infraestructura e imposición de la ley, los regímenes de la era digital pueden ejercer un notable control no sólo sobre las redes informáticas y los cueros humanos, sino también sobre las mentes de sus ciudadanos”, escribieron Singer y Brooking.

“Ninguna nación ha procurado este objetivo más activamente —ni más exitosamente— que China”.

No sólo las riendas de internet están en manos del gobierno: se exige la inclusión de dispositivos de censura a las grandes empresas que quieren operar en China. Si se busca alguna referencia a los Panama Papers, entre cuyos contenidos estaban las operaciones de fuga de divisas del cuñado del presidente Xi Jinping, nada se encuentra, del mismo modo que en Baidu Baike, la Wikipedia china, 1989 es el número entre 1988 y 1990, y no el año de la masacre de Tiananmen, que a todos los efectos del registro histórico interno, no sucedió.

“Desde los albores de la internet china, las autoridades definieron que los sitios y las redes sociales tenían la responsabilidad legal de suprimir cualquier contenido subversivo alojado en sus plataformas. La definición de este término puede cambiar velozmente”, señalaron los autores de LikeWar.

Las leyes de difamación, que impusieron tres años de prisión a quienes diseminaran rumores en internet, asfixiaron a la camada de bloggers independientes que surgió en los 2000s; desde 2004 existen agencias gubernamentales destinadas a crear contenidos positivos, ya que además de suprimir la crítica el oficialismo tiene un papel activo en la formación de la opinión pública.

Un “ejército de los 50 centavos”, como se lo conoce por el presunto pago que genera cada una de sus publicaciones, opera en las redes sociales; hay apps para la “limpieza de internet”, como Jingwang, que se obligaron a instalar en algunas regiones del país. Pero el proyecto más ambicioso es el del crédito social.

Business Insider recogió algunos ejemplos del impacto del SCS en las personas, que ha merecido las críticas de organizaciones defensoras de los derechos humanos:

1. Prohibición de viajar: “A nueve millones de personas con bajo puntaje se les impidió comprar boletos para vuelos internos, informó Channel News Asia”. De manera similar, tres millones no pueden viajar en primera en los trenes, sólo se les permite comprar tickets en clase económica.

2. Regulación de la velocidad de conexión a internet. “No está claro el mecanismo que se emplea para hacerlo”.

3. Discriminación educativa: “A 17 personas que se negaron a hacer el servicio militar se les prohibió anotarse en la universidad, en el secundario o continuar sus estudios”. La medida puede afectar a los hijos, también.

4. Discriminación laboral: “Los individuos que ‘traicionan la confianza social’ pierden la posibilidad de obtener puestos gerenciales en grandes empresas y bancos estatales”.

5. Clasificación para las vacaciones. “También se prohíbe a algunos ciudadanos el acceso a ciertos días de descanso y a ciertos hoteles”.

6. Examen para tener mascotas. “Cuando un perro es confiscado, el propietario debe dar un examen sobre las regulaciones para tener mascotas”.

7. Desventajas financieras: un abogado “que fue puesto en una lista negra [de mal SCS] en 2015 no pudo solicitar tarjetas de crédito”.

8. Prohibición del lujo: En Yiwu una persona con bajo SCS “no puede quedarse en los mejores hoteles, no puede comprar inmuebles o un automóvil de lujo y no puede enviar a sus hijos a ciertas escuelas privadas”.

La publicación citó un tuit del periodista James O’Malley, quien registró en video el anuncio en el tren bala de Beijing a Shanghai en el que se les advierte a los pasajeros que no se deben comportar mal o “su conducta se informará al sistema de créditos individuales”.