WRIGHTSVILLE, Pensilvania — Dentro del desordenado taller que tiene en su garaje, Michael Crumling, un armero de 29 años, presumió con orgullo de la impresionante colección de balas de plomo que ha elaborado meticulosamente desde cero.

Por todo el país, millones de aficionados a las armas como Crumling recargan sus propias municiones y funden sus propias balas —pasatiempos que consumen horas y que durante generaciones han formado parte de la cultura de las armas de fuego—.

Sin embargo, Crumling ha creado algo en su garaje que lo distingue de sus pares, una solución potencial para un problema que ha molestado durante mucho tiempo a los creadores de las armas hechas en impresoras 3D: una bala que no arruina las armas de plástico.

Con todo, Crumling asegura que no tiene planes de vender o producir en masa las balas de diseño especial, aunque representen el próximo paso en la fabricación de mejores armas imprimibles y el próximo frente de batalla de la actual disputa regulatoria por los arsenales caseros.

Crumling explicó que, a pesar del atractivo de las armas y las municiones en 3D, la gente que quiere crear sus propias armas de fuego lo puede hacer más fácilmente con partes disponibles en sus ferreterías locales —o en eBay, la plataforma a la que recurrió cuando estaba fabricando una metralleta con metal que él mismo pulió y dobló—.

En medio del debate nacional sobre un acceso más restringido a las armas y los esfuerzos legislativos por regular la venta libre de balas y proyectiles, el interés en este pasatiempo ha ganado impulso gracias a una vivaz comunidad en línea dedicada al bricolaje que comercia con guías prácticas en videos de YouTube y se involucra en apasionados foros de discusión sobre las mejores prácticas y los probables desafíos legales.

Haciendo gala del mismo fervor de quienes se dedican al bricolaje de armas, ha surgido una comunidad en línea que muestra una pasión similar por las municiones hechas en casa. De los cerca de 43 millones de personas que practican la caza y el tiro deportivo en Estados Unidos, unos 5 millones fabrican sus propias balas y proyectiles, según las empresas de reabastecimiento.

Estos aficionados se dividen principalmente en dos grupos: las personas que recogen los casquillos percutidos que deja un arma —por lo general una semiautomática— después de ser disparada, los rellenan cuidadosamente con pólvora y les ponen una nueva cápsula fulminante y una bala para volver a usarlos, y los fundidores caseros que crean sus balas desde cero al derretir plomo que compran en línea o que obtienen en depósitos de chatarra, talleres de reparación de autos o campos de tiro.

Según los aficionados, por medio de esta actividad se pueden fabricar municiones personalizadas más precisas y letales, además de ser una habilidad práctica que podría ser útil si se prohibieran las balas o si algún día el suministro fuera escaso.

“Me da tiempo para pensar”, comentó Gavin Gear, quien tiene un blog popular y un canal de YouTube llamado Ultimate Reloader, el cual ofrece videos instructivos y reseñas de equipo para recargar municiones. Gear describió el proceso como un ritual de relajación “parecido al de un herrero que fabrica un cuchillo o una espada samurái”.

No obstante, lo más común es que el objetivo sea ahorrar dinero: muchas de las personas que funden balas en sus casas citaron el precio de las municiones, el cual, según la Oficina de Estadísticas Laborales, ha subido de manera constante a lo largo de las últimas décadas y llegó a su punto más alto este año.

David Reiss, quien hace sus propias balas desde hace más de diez años, mencionó que una caja de cincuenta cartuchos hechos en una fábrica para una pistola .38 especial cuesta unos 15 dólares, mientras que él puede hacer la misma cantidad por unos 4 dólares en materiales.

Algunos tipos de municiones, como los cartuchos para la Magnum .44, pueden costar más de 50 centavos por unidad. Durante una práctica de tiro promedio, una persona puede usar más de 150 balas, mientras que los tiradores que compiten pueden usar más de 1000 por semana.

La mayoría de las balas están hechas de plomo y no siempre es fácil obtener este metal.

Algunos neumáticos de autos tienen contrapesos internos de plomo para estabilizar los vehículos, y los fundidores de balas tienen la costumbre de recurrir a los mecánicos de su zona para obtener plomo barato o gratuito. Sin embargo, esta fuente comenzó a escasear después de 2009, cuando la inquietud por la contaminación provocó que la Agencia de Protección Ambiental y una coalición de fabricantes de autos, productores de neumáticos y vendedores minoristas comenzaran una campaña para eliminar de forma gradual el uso de este metal en los contrapesos de los neumáticos.

Reiss, quien también supervisa las membresías de una asociación de fundidores de balas, comentó que la mayoría de sus miembros encuentran plomo en línea o recolectando balas que se dispararon en los campos de tiro. Algunos deshuesaderos aún venden plomo por menos de 2 dólares el kilo.

La pólvora es mucho más fácil de conseguir. Se puede comprar por unos 50 dólares el kilo, es fácil conseguirlo en línea y en tiendas de artículos deportivos. Además, no se requiere ningún permiso especial para comprar la mayoría de los tipos de pólvora, en particular para cantidades menores a 25 kilos.

Entre los tiradores ávidos, un principio rector es evitar el uso de armas, balas y cartuchos que hayan sido fabricados, fundidos o recargados por otras personas. Un trabajo deficiente puede provocar lesiones graves o arruinar un arma si una bala de mala calidad se atora o si el arma es defectuosa. No obstante, a pesar de este estigma, debido a que hace unos diez años inició un periodo de escasez de municiones, han surgido decenas de productores selectos que venden cartuchos “reconstruidos”, como ellos les llaman.

Douglas Haig, un ingeniero aeroespacial de Mesa, Arizona, estuvo al mando de uno de estos negocios hasta que lo acusaron de haber fabricado las municiones trazadoras capaces de perforar objetos blindados que usó uno de sus clientes, Stephen Paddock, para asesinar a cientos de personas en un festival de música country celebrado en Las Vegas el año pasado.